El reloj baja las agujas como un filo que me descubre, como sin querer, enumerando cicatrices. Quizás no sea el mejor momento para un balance de lo que he perdido, pero me corren las secuelas del tiempo, esas que hasta estas alturas me están haciendo dudar de mi propia inmortalidad, pero ahora que puedo decir con cierta propiedad que soy dueña de un pasado que me lleva a nombrar cosas que ya no existen, ahora que estoy parada y la vista se me pierde cuando miro hacia atrás, digamos que estoy a tiempo para descubrir que me he perdido y por qué algo de lo que perdí aun no tiene esperanza de que lo encuentre.
La lista de cosas perdidas la supongo infinita y es así porque una de las cosas que perdí fue justamente esa lista y la costumbre de llorar lo que ya no tengo. He perdido algún que otro recuerdo, esos hacedores de sueños que eran mis juguetes, mi asombro de niña al ver una muñeca de trapo, varios amores temporales que me consumieron tiempo, que lo debí haber dedicado a mi único amor verdadero que tuve alguna vez, perdí los rincones de la soledad, espacios invadidos por los reclamos de fatiga, los saltos de un payaso sin gracia y sueños por un rato que al tiempo me encontraron por ahí.
He perdido amigos que me perdieron a mí, cosas materiales que tuve y las que no las perdí por las dudas, claro que hay cosas que no pierdo, como mi traje de melancolía, esa que cada vez que puedo lo luzco impecable, para que me ayude a ver la vida mas lentamente, como en una tarde de lluvia, con el cielo estrellado y las goteras salpicando mis pies descalzos.
lunes, 17 de octubre de 2005
Publicado por Dulcimar Navarro en 17:03
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